Desirée B. Silvage
Cuento extraído de la antología de cuentos “Cuento Atrás”
Editorial Hijos del Hule
Mi hermano Pablo estaba seguro de que nadie, absolutamente nadie, sería capaz de intuir siquiera la causa de la muerte de mi suegra. Pese a que consideraba su plan ingenioso y brillante, me costaba creerlo, porque era de la opinión que los crímenes perfectos no existen. Además, la primera sospechosa de esa muerte tan repentina sería yo, ya que todo el barrio era testigo de la manía que ambas nos profesábamos desde el día en que me convertí en la segunda mujer de su hijo. Sin embargo, era una tentación tan golosa saber que ya no tendría que soportar sus acostumbradas irrupciones nocturnas, cuando mi marido y yo practicábamos lo que ella denominaba el débito conyugal que acabé por acceder.


Terminábamos de cenar. Frente a mí, como ausente, fumaba mi amigo el banquero, gran comerciante y acaparador insaciable. La conversación, que había ido languideciendo, yacía muerta entre nosotros.
Los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma